Capítulo I: Solo Ella

LUNES 30 DE NOVIEMBRE DEL 2015.

Hoy no fue un mal día. No por eso dejé de pensar un solo minuto en ella, cómo no recordar su oscura cabellera jugando con el viento, sus ojos más negros que la noche mirándome feliz, cómo no recordar su sonrisa, esa sonrisa sanadora, capaz de hacerme sentir bien en cualquier momento. Cómo no recordarla es la pregunta que siempre me hago y no tengo una respuesta o si la tengo me da miedo  pronunciarla hasta en mis pensamientos.

Han pasado tres semanas desde aquella tarde. Aquella infeliz tarde que la vi por última vez, más de veinte días de haberla besado, sentido y amado. No quiero que el tiempo pase rápido. No quiero olvidarla, quiero seguir durmiendo, despertando, caminando, ríendo y llorando con sus recuerdos. Aunque   desde aquel día no sé cuáles  son mis verdaderos anhelos, de lo único estoy seguro es de querer  seguir amándola toda mi vida.

En la mañana cuando llegué a clase, todos me miraron de reojo.  Nadie se acercó hablarme. Me vieron cruzar la puerta y fingieron que leían Romeo y Julieta, el libro que la clase anterior la profesora Rebecca nos había dejado como tarea.  Yo ni lo recordaba y supongo que ellos tampoco. Me senté al fondo en una esquina, junto a la pared blanco humeada. Aquel extremo del aula, se convirtió en nuestro lugar favorito. Puse mi mochila sobre la carpeta y me tiré sobre ella. Sentí unas manos en mis hombros y levanté la mirada y me encontré con Joe.

-Viejo todo estará bien – No quise responderle- Pronto pasará todo esto-. Me dijo, con el mismo tono calmado y compadeciente con el que me hablaban todos desde ese fatal día. Le di dos palmaditas en la mano, asentí con la cabeza y se retiró.

Me quedé en el mismo lugar mirando perdido, una única mancha en la impecable pared. Un diminuto corazón que dibujamos hace más de dos meses con un lápiz mal tajado, H y N for ever decía o eso queríamos interpretarlo porque en realidad era una mancha ininteligible. Siempre que llegábamos poníamos un puntito en el centro, ella con un lapicero de color rojo y yo con uno  de color azul. El punto que más resaltaba era el que hizo el último día, como presagiando su destino esa mañana hizo más grande su marca.

Perdido en ese pequeño  cielo acorazonado de puntos color del cielo y de la pasión. La vi llegar con la mochila colgada de un solo hombro, sacándose al pasar la puerta, la cinta amarilla con la que estaban obligadas a ir todas las alumnas. Saludó con las manos y a hurtadillas fue hacia mí. Me tapó los ojos con sus manos tan suaves y delicadas como la seda del traje de algún monarca oriental, me mordió el lóbulo del oído derecho y me habló muy cerca. Voltee y tomé  sus manos,  la jalé fuerte y  le di un beso.  Dejó su mochila en el piso junto a la mía, acercó una carpeta, me dio un beso en la mejilla y se quedó mirándome.

Unas toscas manos  me jalaron de los hombros. Era la profesora  Rebecca, su clase había empezado, me incorporé rápidamente. Miré cada milímetro  del aula esperando encontrarla en algún lugar, pero había sido solo un sueño. Un sueño del que no hubiese querido despertar jamás.Un sueño que amé y que me hizo extrañarla más que nunca.

La señorita Rebecca toda la clase habló sobre  Romeo y Julieta, pocos le prestaron atención, la mayoría  hablaba de otras cosas, quizás porque  la historia les parecía muy conocida. Yo, por fin pude entender la autenticidad de ese amor.  Como nada puede interponerse cuando se ama verdaderamente, que la muerte es una oportunidad para eternizar un amor, que lo demás no importa, lo único  importante es  estar con quien amamos.

Después de clase fui a comer, en realidad a ver comer a los otros. Comí una fruta, luego salí a caminar. No quería esta con nadie y en verdad creo que nadie quiere estar conmigo, no sé si les doy pena o si les incómodo.  Eso ahora me hace sentir un poco más bien que mal. Así tengo más tiempo para vivir con ella. Vivir con sus recuerdos que me están matando o dando vida. No lo sé.

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